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LAMENTACIÓN ES SONIDO – UNIDAS A VOCES POR EL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

¡Qué desdichado y estéril sería un mundo sin música!
¡Qué intolerable y aburrido!

Philip. K. Dick

En The Preserving Machine (1953), Philip K. Dick narra un fenómeno musical fantástico y aterrador:

el doctor Laberynth, un hombre culto con suficiente tiempo libre para reflexionar, advierte cómo nuestra civilización sigue los pasos de la antigua Roma y pronto colapsará. Le preocupa en particular que las cosas hermosas se perderán en ese camino inexorable. Por su naturaleza etérea y delicada, la música lleva una delantera abrumadora hacia la extinción. Los adelantos tecnológicos, en el relato, permiten a Laberynth diseñar un artefacto para conservar el arte musical. Los sonidos son transformados en seres vivos. El experimento resulta exitoso; ha transfigurado a Mozart en un ave de plumaje flamante y a Beethoven en un escarabajo que, con un poco de imaginación, viste tonalidades tornasol y posee un cuerno que lo hace ver malencarado.
Dos elementos se deben destacar. Primero, el listado musical de K. Dick descansa en compositores alemanes del canon: Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms y Wagner; sin embargo, para probar la máquina introduce dos cancioncitas populares “insignificantes”. Segundo, en el proceso de animalizar la música crea especies únicas. Por ejemplo, 48 insectos dorados y esféricos resultan de los preludios y fugas del Das Wohltemperierte Klavier de Bach. En este tránsito, cada ser-musical sufre procesos de metamorfosis pero no tiene posibilidad de reproducirse. No obstante, Laberynth logra poblar un bosque de creaturas musicales que deben adaptarse o morir. La supremacía musical, se puede deducir, es similar a un organismo biológico. Las obras insuflan, sufren y mueren.

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Conservatorio Nacional de Música de México, 11 de marzo del 2020

Con este escenario en mente quiero referirme al concierto Unidas a voces, efectuado el miércoles 11 de marzo del 2020, en el Conservatorio Nacional de Música de la Ciudad de México. La presentación fue una iniciativa de alumnas, para manifestarse por el Día Internacional de la Mujer. El concepto de fondo era una propuesta de artistas que se expresaban en contra del maltrato, feminicidio, violación y todo reflejo de violencia hacia las mujeres. El programa, por otra parte, era una postura de la composición musical realizada principalmente por mujeres, en un amplísimo espacio histórico: desde la abadía medieval de Hildegard en la región germana de Bingen, hasta la capital veracruzana de Xalapa de Enríquez en el México del siglo XXI. El listado de las obras que se interpretaron fue una decisión consciente; no se puede dejar de pensar que tenía un sentido más allá del género. Así, Clara Schumann, Grazyna Bacewicz, Barbara Strozzi, Consuelo Bolio, Hildegard von Bingen, María Grever, Violeta Parra y Gloria Gutiérrez Galán constituyeron un muestrario —un canon didáctico— que, para utilizar la metáfora de Philip K. Dick, debería poblar los jardines y sobrevivir a un mundo en decadencia.

El discurso inicia “sumido en sueños sombríos” (Ich stand in dunkeln Träumen); el Lied Opus 13 núm. 1 (1844) de Clara Schumann, sobre un poema de Heinrich Heine. El texto describe a un ser amado que se ha ido, pero al mismo tiempo, captura un recuerdo de tristeza que parece cobrar vida. En la cantata Che si può fare (Venecia, 1664), Bárbara Strozzi muestra una aceptación que parece irracional. La música reitera una progresión armónica descendente, a la manera de chacona; un circuito hermético en donde el mensaje poético no deja dudas: “¿Qué se puede hacer si…?”. El gran conflicto, ya que la misma Strozzi parece haberlo escrito, es que refiere la falta de compasión y empatía e incluso, da muestras de sadismo. La tortura en el mensaje avanza varios siglos para llegar a un desnivel significativo en las canciones Despedida y Te quiero dijiste (1929), ambas de María Grever.
Despedida, en pocas palabras, habla de tristeza y separación; de un silencio que lleva a la soledad. Te quiero dijiste, por otra parte, inicia con los versos: “Te quiero dijiste, poniendo mis manos entre tus manitas de blanco marfil”. El género del interlocutor queda absolutamente velado. Sólo a través de la recreación de arquetipos (machistas o feministas) es posible decodificar la suavidad, el color y la dimensión de las manos como pertenecientes a un hombre o una mujer (o viceversa). Más adelante se establece una descripción despiadada: “Muñequita linda, de cabellos de oro, de dientes de perla, labios de rubí…”. La cosificación del cuerpo es tan intensa como la imagen de mujer-omisión en el poema “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” de Pablo Neruda. Hasta aquí, las cosas no parecen ir bien: la mujer sufre, alucina, vuelve a sufrir, recuerda con tristeza y aunque es perfecta (bajo ciertos ideales) es ignorada y necesita pedir afecto.

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ii.

A lo largo de Unidas a voces, como una parte inseparable de la representación, las intérpretes realizaron un performance para mostrar repudio hacia la violencia, pero también fue un homenaje a las víctimas: ataduras en las manos, pies descalzos, vestimenta oscura, vendaje en los ojos, etcétera. En la oración anterior utilizo el término homenaje por no encontrar una mejor acepción de respeto. Si se toma todo lo anterior, destacan dos momentos como cimiento narrativo y escénico: el himno al Espíritu Santo O ignee Spiritus (ca. 1098) de Hildegard von Bingen y la Canción al árbol del olvido (1939) de Alberto Ginastera, que es la evocación de una vidala; un género musical amatorio tradicional de Argentina. La pregunta resulta obvia ¿cómo dos obras, en apariencia tan diferentes, pueden establecer la máxima tensión?
El himno O ignee Spiritus (¡Oh fieros espíritus!) relata el placer de creer en algo con fuerza y no sólo eso, es una invitación para glorificar con música. En el razonamiento de Hildegard, trabajar, hacer música y jugar se funden al realizar una plegaria; es una labor dorada —o una obra tasada en oro (aureis operibus)— y aquel que alaba se estará transformando en joya preciosa (preciosissimas gemmas convertis). El vínculo recuerda al pájaro Mozart expuesto antes. En un vistazo, O ignee Spiritus ha logrado sobrevivir, como música o plegaria, más de ocho siglos para decirnos que no debería existir una separación entre disfrutar, laborar y creer. Sin duda, se puede contemplar a Hildegard como una revolucionaria de la administración medieval, como generadora de conocimiento sistemático, pero jamás como mujer oprimida. La presentación del himno fue un acierto, pues la textura monódica, sin acompañamiento, resultó ser un trazo cristalino para marcar un contraste severo.
La Canción al árbol del olvido, el otro pilar, trata de un ser vivo que recibe el dolor del mundo; un árbol que escucha a “los moribundos del alma”. Para ser exacto, es un repositorio de lamentos amorosos. En lo más dramático del argumento, un amante se recuesta al pie del árbol y duerme; olvida que tenía que olvidar. Por lo tanto, despierta recordando. En este momento, lo místico del sonido medieval se mezcla en un espacio opuesto, aunque también se pide algo con religiosidad. La diferencia es que se obtiene un resultado como consecuencia de un acto. Pero, ¿ese árbol puede olvidar o, en un desarrollo natural, simplemente absorbe y frondosea? La canción de Ginastera fue interpretada, en un arreglo vocal bien logrado, con una dramatización que exponía la ceguera de una sociedad ante la violencia hacia la mujer. En todo esto, si la lógica aplica, ¿realmente se pretende olvidar?

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iii.

De regreso a The Preserving Machine, el doctor Laberynth ha descubierto un par de cosas espeluznantes, que bien pueden aplicarse al significado de Unidas a voces. Lo primero es que la muerte sigue su trayecto. No está dicho, pero se entiende que hay un ser que mira el cuadro integral y pone las cosas en orden, por ejemplo: el animal Wagner es hosco y temido, en tanto que el insecto Beethoven ya empieza a edificar. Aquí, mutatis mutandi (cambiando lo que se necesite cambiar), Unidas a voces le ha dado un lugar a las obras musicales y ahora, podemos escuchar música como una manifestación contra la agresión. Lejos de ser un proceso evolutivo, es una selección que se representa a sí misma. No se pide un museo de compositoras ilustres, pero la elección de las obras quiere decir algo por el Día Internacional de la Mujer.
Si hasta aquí el relato de Philip K. Dick se concentra en lo fantástico, la conclusión es catastrófica. Para comprobar el tránsito de la música en el tiempo, Laberynth toma un ser vivo musical y lo coloca en la máquina. Después de una espera dramática, un insecto Bach vuelve a ser partitura. El doctor corre al piano e interpreta la obra. El resultado es grotesco. La sonoridad resulta imposible de reconocer; en Unidas a voces pasa algo similar. La canción culta (Schumann), religiosa (Hildegard) o amatoria (Strozzi, Ginastera, Grever) se introdujo en una línea de significado que iba más allá del escenario que le dio vida; fue una dirección que pretendía dar sentido para convertirse en queja y desacuerdo. En un sentido amplio, la invalidación absoluta a la violencia hacia la mujer fue lo que se metió a la máquina de preservación (Conservatorio) y el resultado final fue Invocaciones a la Tierra de Gloria Gutiérrez Galán. La composición es un lamento electroacústico de mujeres sufriendo que recorre los pasillos de esa institución anquilosada que llamamos violencia.
La importancia de una presentación como Unidas a voces, o la inquietud de Laberynth por preservar el arte, es que nos hace concientes de la necesidad de intervenir. Al igual que la buena música no se concibe en una máquina sin la colaboración de un artífice, la violencia no desaparece sola. Unidas a voces propone una narrativa en sonidos, sin rostro pero que deja huellas a su paso en el mundo. El lector superficial podría dejarse llevar por una imagen de mujeres haciendo música de mujeres, pero no, el desenlace en Invocaciones a la Tierra es doloroso y directo: la agresión no requiere palabras. El dolor de las mujeres lo sentimos cotidiano e incluso, se ha normalizado. Unidas a voces nos dice: olvidar u omitir no pueden ser opciones.

ARMANDO GÓMEZ RIVAS

Fotografía: EDUARDO MARINÉ

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